Señoras y señores:
Para la Embajada del Uruguay es un honor –y lo digo sin ninguna retórica oficial o institucional- ser partícipe de este homenaje a Felisberto Hernández en el centenario de su nacimiento. Compartimos este homenaje con la UNAM y con la Enep-Acatlán, organizadores principales de este acto; pero también recordamos y valoramos a Felisberto, como en su momento lo hicieron también escritores de la estatura de Jules Supervielle que, en fecha tan temprana como 1942, saludaba Por los tiempos de Clemente Colling como una “obra que alcanza la belleza, y hasta la grandeza, a fuerza de humildad ante sus temas”, o a escritores de la talla literaria de Italo Calvino, que en 1974 publicó en la editorial italiana Einaudi, la casi totalidad de los cuentos de Felisberto, o a, nada menos, que el querido Julio Cortázar que auspició en 1975 la edición en francés de buena parte de las nouvelles de Felisberto. Se trata, como puede verse, de una serie de reconocimientos de verdad notables, que enaltecen la personalidad literaria de Felisberto Hernández.
Si me permiten, evoquemos brevemente algunos recuerdos. El estudio del piano y de la armonía, que inició con la esperanza de emular y acaso competir con célebres pianistas, ocupó su infancia. Pero muy pronto los reveses económicos de su familia lo obligaron, a los 14 años, a emplear su talento de improvisador musical en las salas oscuras de los cines, donde se divierte subrayando las caras desconsoladas de Mary Pickford o los andares zigzagueantes de Chaplin. No tarda, sin embargo, en comenzar una carrera de concertista de provincia; al mismo tiempo, atraído por la literatura, comienza a publicar su prosa por cuenta propia. Y, dado que el destino acaricia el misterio, Felisberto ignora que ese pianista, muerto de nervios, metido en un frac de segunda mano, y que siente el mensajero de la música, se convertirá en la figura central de su propia obra. Hasta se podría decir, sin exagerar, que Felisberto llevó esa vida y vivió sus avatares, sólo para legar al mundo de la ficción, el personaje de un soñador singular que, al ignorar la distancia entre las cosas, desvela analogías imprevistas y encierra en algunos renglones, a veces en un solo renglón, la totalidad, el universo de un pensamiento. Pues no olvidemos que, en la narrativa de Felisberto, todo cuanto su obra cuenta contiene una suerte de resonancia de similitudes que cristaliza en la metáfora, ese estado fluido de la imaginación que, al multiplicarse, propone otra versión de la realidad: diríamos, una suerte de visión del anverso del mundo real, la visión que si sitúa del otro lado del espejo.
Felisberto fue –y esto, no es un descubrimiento nuestro- un escritor que siguió el hilo de su ensoñación y por eso, a él, ejecutante vagabundo del piano en la provincia uruguaya, hay que leerlo como se escucha la música: desde el genio de la improvisación, del instante, de lo que se escurre, de lo que se desprende como una creación misteriosa de imágenes originales.
Para finalizar, repetimos que, nos provoca un sentimiento de agradecimiento y, como uruguayos, de orgullo, estar presente en este homenaje a un gran compatriota, bohemio y lúcido, lleno de la gracia, del humor y la ironía y tan capaz de crear y recrear mundo alternativos, insólitos y chispeantes, que se originan en Uruguay, pero que hoy, aquí, resplandecen en este México generosos e, igualmente, polifacético y mágico.
Muchas gracias.
Mexico, 9 de Octubre de 2002