Palabras de apertura en el Palacio de Minería, UNAM, México.

Mabel Hernández

    Se me ha solicitado que diga unas palabras en representación de Felisberto Hernández. Siento la necesidad de enfatizar algo obvio: no me corresponde absolutamente ningún mérito en la creación del legado artístico de Felisberto Hernández. Sí pertenezco al número de quienes disfrutamos intensamente ese legado. Ante su música y sus textos sentimos que él revela sentimientos e ideas que ya estaban en nuestro interior, aunque en parte ignorados por nosotros mismos; es como si el lector se transformara de pronto en el escritor.
Hace casi veinte años, en este mismo recinto, alguien manifestó esa sensación de “él (Felisberto) lo ha dicho por mí”. Se presentaban al público mexicano sus Obras Completas, y Juan José Arreola dijo: “Si yo pudiera hablar con Felisberto Hernández, le diría: ‘Señor, yo sé que usted escribió antes que yo, pero sus frases son mías”.
No hay muchos lectores así, pero están en todas partes. Por eso las ediciones de Felisberto Hernández se suceden en España, Francia, Italia, Alemania y hasta Hungría y Grecia. Esas ediciones no se destinan a un público masivo, sino a lectores que esperan y buscan apasionadamente su obra. Se trata de seres singulares, como lo fue el propio Felisberto.
Saramago dice, refiriéndose a uno de sus personajes que ya ha muerto: “Ahora vuelve a estar vivo, pero él no lo sabe”. Aunque Felisberto no lo sabe, vuelve a estar vivo; aquel solitario a quien no siempre le fueron fáciles las relaciones con el medio, tiene después de su muerte un excepcional poder de convocatoria.
Se le han tributado homenajes en las ciudades de Poitiers, París, Washington, pero aquí en el Palacio de Minería, se desarrolla el prime homenaje latinoamericano fuera de su país. Y lo realiza la UNAM, esta universidad a la que tengo el orgullo y la alegría de pertenecer. La idea original surgió en el Centro de Idiomas de Acatlán, donde día tras día he visto con admirada sorpresa cómo aquella primera idea crecía, era compartida, y Acatlán se convertía en centro de reunión para colaboradores de otros ámbitos de la propia UNAM y, en algunos casos, externos a ella. No puedo describir lo emotivo que ha resultado presencia esa afanosa actividad que han llevado a cabo infinidad de colaboradores, desde aquellos que ante las computadoras aseguraban el contacto con el mundo, hasta los bailarines que un poco más lejos buscaban –y que por cierto han logrado- expresar en la danza la poesía de las narraciones de Felisberto Hernández. Son muchos quienes han trabajado afanosamente y con particular afecto para hacer realidad este homenaje. El apoyo de las autoridades ha sido decisivo para lograr esta feliz culminación. El apoyo de las autoridades ha sido decisivo para lograr esta feliz culminación. A todos y cada uno, en nombre de Felisberto Hernández y en el mío propio, muchísimas, infinitas gracias.

Mabel Hernández


Mexico, 9 de Octubre de 2002

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