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Felisberto Hernández escribió cuentos y novelas cortas, que comenzaron con Fulano de Tal en 1925. Recién hacia 1942 abandona su profesión de concertista de piano y se dedica completamente a escribir. De este año es El Caballo Perdido, que marca un nuevo rumbo en su narrativa. Esta sección ofrece sus textos y algunos comentarios destacados.
Explicación falsa de mis cuentos
Obligado o traicionado por mí mismo
a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones
exteriores a ellos. No son completamente naturales,
en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería
antipático. No son dominados por una teoría de la
conciencia. Esto me sería extremadamente antipático.
Preferiría decir que esa intervención es misteriosa.
Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la
vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta
también me es desconocida. En un momento dado pienso que
en un rincón de mí nacerá una planta. La
empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido
algo raro, pero que podrá tener porvenir artístico.
Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo,
debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer
germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento:
sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía;
o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos
ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda
ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté
destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella
crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará
mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones
o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma
tendrá una poesía natural, desconocida por ella
misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe
cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto,
un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá
sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las
alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia
intervendrá, pero en última instancia impondrá
su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé
cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su
vida extraña y propia. Pero también sé que
viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que
ella les recomienda.
Felisberto Hernández, 1955

Prólogo a Nessuno accendeva le lampade, por Italo
Calvino
(Editorial Enaudi, 1974)
Las
aventuras de un pianista sin un cobre, en quien el sentido de
lo cómico transfigura la amargura de una vida amasada con
derrotas, son el primer motivo del que cobran impulso los relatos
del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). Alcanza
con que él se ponga a narrar las pequeñas miserias
de una existencia transcurrida entre las pequeñas orquestas
de los cafés de Montevideo y las giras de conciertos en
pueblos de provincia del Río de la Plata, para que sobre
la página se agolpen gags, alucinaciones metáforas,
en las que los objetos cobran vida como personas. Pero este es
sólo su punto de partida. Lo que desencadena la fantasía
de Felisberto Hernández son las invitaciones inesperadas
que abren al tímido pianista las puertas de casas misteriosas,
de quintas solitarias donde moran personajes ricos y excéntricos,
mujeres llenas de secretos y neurosis. Una casona apartada, el
infaltable piano, un señor dulcemente maniático
y perverso, una joven ensoñadora o sonámbula, una
matrona que celebra obsesivamente sus infortunios amorosos: se
diría que los ingredientes del relato romántico
a lo Hoffmann estuvieran aquí reunidos. Y no falta tampoco
la muñeca que parece en todo y por todo una jovencita:
es más, en el cuento Las Hortensias es una entera producción
de muñecas rivales de las mujeres verdaderas (parientes
de la “esposa de Gogol” según Landolfi) que
un fabricante seductor construye para alimentar las fantasías
de un estrambótico coleccionista, y que desencadenan celos
conyugales y turbios dramas. Pero cualquier referencia posible
a una imaginación nórdica es inmediatamente disuelta
por la atmósfera de estas tardes en las que se toma lentamente
el mate sentados en el patio o se está en un café
viendo un avestruz ñandú pasar entre las mesas.
Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a
ninguno: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latino-americanos,
es un “irregular” que escapa a toda clasificación
y encasillamiento pero se presenta como inconfundible con sólo
abrir la página. Sus relatos más típicos
son aquellos que gravitan sobre una puesta en escena complicada,
un ritual espectacular que se desenvuelve en el secreto de un
ambiente señorial: un patio inundado sobre el cual flotan
velas encendidas; un teatrito de muñecas grandes como mujeres
dispuestas en poses enigmáticas; una galería oscura
en la cual se deben reconocer al tacto los objetos que provocan
asociaciones de imágenes y de pensamientos. Si el juego
consiste en adivinar la trama representada por la escena de las
muñecas, o en reconocer que es lo que está posado
sobre la mesa de la galería oscura, lo que cuenta para
la emoción de los participantes no son tanto estas adivinanzas
inocentes como los incidentes casuales, los ruidos que se superponen,
las premoniciones que asoman a la conciencia.
La asociación de ideas no es sólo el juego predilecto
de los personajes de Felisberto, es la pasión dominante
y declarada del autor y también es el procedimiento con
el cual estos relatos se van construyendo, enlazando un motivo
con el otro como en una composición musical. Y se diría
que las experiencias más usuales de la vida cotidiana pusieran
en marcha las más imprevisibles zarabandas mentales, mientras
caprichos y manías que exigen una complicada premeditación
y una elaborada coreografía no apuntan a otra cosa que
a evocar olvidadas sensaciones elementales. Felisberto está
siempre persiguiendo una analogía que ha asomado por un
instante en el rincón mas a trasmano de sus circuitos cerebrales,
una imagen que preanuncia la correspondencia de otra imagen pocas
páginas más adelante, una aproximación incongruente
que le sirve para captar una sensación muy precisa; y para
alcanzarlas debe aventurarse sobre pasarelas tendidas en el vacío.
De la tensión entre una imaginación muy concreta,
que sabe siempre lo que quiere y la palabra que consecuentemente
la sigue a tientas, nace una sugestión comparable a la
de los cuadros de un pintor “naif”.
Con esto, no queremos aceptar sin más como acertada una
clasificación de Felisberto como “escritor dominical”,
autodidacta y fuera de circuito, que probablemente no es verdadera.
Un surrealismo suyo, un proustismo suyo, un psicoanálisis
suyo debieron con todo haber sido los puntos de referencia de
su larga búsqueda de medios expresivos. (Y él también
había hecho, como todo literato del Río de la Plata
que se respetara, su buena estadía en París). Este
modo propio de dar espacio a una representación en el interior
de la representación, de disponer en el interior del relato
juegos extraños cuyas reglas establece cada vez, es la
solución que él encuentra para dar una estructura
narrativa clásica al automatismo casi onírico de
su imaginación.
La expresión de la condición física de los
objetos y de las personas es lo que más sorprende en su
escritura. Una cama destendida, por ejemplo: “sus barras
niqueladas me hacían pensar en una joven loca que se entregase
a cualquiera”. O la cabellera de una muchacha: “Ahora
mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se
le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallinas
que el viento le había revuelto las plumas y se le veía
la carne”. U otra muchacha que está por ponerse a
recitar una poesía: “su actitud hacía oscilar
mis pensamientos entre el infinito y el estornudo”.
Las sensaciones provocan ecos visuales que siguen resonando en
la mente. “El teatro donde yo daba los conciertos también
tenía poca gente y yo había invadido el silencio:
yo lo veía agrandarse en la gran tapa negra del piano.
Al silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta
la última resonancia y después se quedaba pensando
en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero
cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en la
música: pasaba entre los sonidos como un gato con su gran
cola negra y los dejaba llenos de intenciones”. Una misteriosa
correlación se establece entre la imagen de un piano y
la de un gato negro; aquí es sólo una metáfora,
mientras en otro cuento se materializa en un gag casi chaplinesco
de un gato que atraviesa el escenario.
Este tomo ( su primera-creo-traducción en otro idioma)
presenta la casi totalidad de los relatos de la madurez de Felisberto
(publicados entre 1947 y 1960) con los que el autor llegó
a conquistar un lugar propio entre los cultores del “cuento
fantástico” hispanoamericano. Completa el tomo un
texto que quedó inconcluso a la muerte del autor, Tierras
de la memoria, que pertenece a otra vertiente de su obra: la “literatura
de la memoria”, la reevocación del Montevideo de
antaño, los recuerdos de sus primeras lecciones de piano.
En la forma en que nos llegó, quizás todavía
como esbozo, este texto nos da adecuadamente el sentido del trabajo
de Felisberto tendiente a representar los mínimos movimientos
psicológicos a través de desdoblamientos del Yo:
como en las páginas sobre las primeras emociones sensuales,
sobre el aprendizaje musical, o sobre una sesión en el
dentista.
Prólogo a La casa inundada y otros cuentos, por Julio Cortázar
(Editorial Lumen,1975 )
Fragmento del prólogo de Cortázar
Solitario en su tierra uruguaya, Felisberto no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano. No es casual que la abrumadora mayoría de sus relatos haya sido escrita en primera persona (pero Las hortensias, gran excepción, parecería volcarlo igualmente en el personaje central del cuento en lo que toca a las pulsiones más hondas, acaso las más inconfesables dentro del contexto de su ambiente y de su tiempo). Basta iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde el primer párrafo. Pero apenas lo reconocemos una vez más -buenos días, Felisberto, ¿cómo te irá ahora, tendrás un poco más de dinero, las piezas de tus hoteles serán menos horribles, te aplaudirán esta vez en los teatros o los cafés, te amará esa mujer que estás mirando?-, en ese reconocimiento que solo ha tomado unos pocos párrafos se instala ya lo otro, el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento, la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama vivir. Ese deslizamiento a la vez natural y subrepticio que de entrada hace pasar un relato gris y casi costumbrista a otros estratos donde está esperando la otredad vertiginosa, sólo puede ser sentido y seguido por lectores dispuestos a renunciar a lo lineal, a la mera rareza de una narración donde suceden cosas insólitas. Si algo tienen los cuentos de Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión y no hace el menor esfuerzo por explicarla, por tender puentes de palabras que ayuden a compartirla. (.)
Lo que amamos en Felisberto es la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad. Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa? (.)

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