Felisberto - Escritor y músico Uruguayo (Montevideo 1902 – 1964) - Sitio Oficial

Taquigrafía

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Las Taquigrafías de Felisberto

En la muestra que el 21 de diciembre de 1981 se habilitó al público en la Sala “José Pedro Varela” de la Biblioteca Nacional, fue vista con interés una vitrina en que se exhibían manuscritos taquigráficos de Felisberto Hernández. Eran una reducida parte de papeles y cuadernos con taquigrafías que conservan los familiares de Felisberto.
Eso de “taquigrafía(s)” ha de entenderse por “forma o sistema de escritura especial”; y su plural, en la jerga profesional, por “hojas o páginas en que con signos taquigráficos ha sido fijada una peroración”. Ambas acepciones cabe referirlas a los materiales exhibidos; porque efectivamente Felisberto empleó dos sistemas de Taquigrafía; y porque esos documentos demuestran cómo solía registrar en el papel sus inspiraciones.

En las biografías de Felisberto no deja de anotarse que la Taquigrafía era en él algo así como un “hobby” –en realidad, era una necesidad práctica y espiritual–, en razón de lo cual había inventado algún sistema de taquigrafía, o había refundido en uno original los de otros autores. Por mi parte, en la prensa taquigráfica propalé la información (“Revista Taquigráfica”, de Río de Janeiro, mayo de 1947) de que había compuesto un sistema propio de Taquigrafía para poder recoger con mayor espontaneidad sus creaciones imaginativas. Estos datos me los había proporcionado un compañero del Cuerpo de Taquígrafos de la Cámara, Juan Carlos Abellá, poeta eximio, contertulio de Hernández en cenáculos literarios más o menos post bohémicos.
Felisberto había aprendido Taquigrafía con el método de M. Pierre Charles (“Taquigrafía Aimé Paris y Guénin”; París, 1911; pero la obra está dedicada al Dr. Abel J. Pérez, Inspector General de Enseñanza Primaria del Uruguay en la época), que presentaba un sistema geométrico y poligrámico, al que aplicó reducciones (simbolizaciones y abreviaciones) personales. (Con posterioridad a la muerte de Felisberto, conocí algunos de sus escritos con ese sistema, donde son presumibles sincretismos que hizo en sus usos escriturales).
Establecido conocimiento personal allá por la década de los cincuenta, planteado sin más (y obviamente, por mi condición de taquígrafo y enseñante) el tema “Taquigrafía”, Felisberto aludió a su afición por ese estudio y por el empleo de esa forma de escritura, mencionando al pasar su aprendizaje autodidáctico; referida, por mi parte, la exitosa experiencia que estaba efectuando en la difusión (y aplicación por mis discípulos) del sistema Estenital, a su requerimiento expuse sus características. Felisberto quedó fascinado, y en su tan congénito apasionamiento bastaron –entre su gran experiencia autodidáctica, y la simplicidad del sistema– un par de sesiones más en alguna mesa del Ateneo para que dominase tal técnica. De ahí en adelante, Felisberto campó por sus respetos; con el agudo espíritu crítico y inconformista que le distinguía, enseguida notó defectos que impedían que fuese un sistema ideal, y comenzó a subsanarlos según ideas personales que había ensayado con el Aimé Paris, es decir: haciendo reducciones estenográficas, recurso a que ahora le incitaba la Abreviación Lingüística del Estenital.
Un aspecto importante de la morfología del nuevo sistema era su base gráfica: mientras el Aimé Paris conformaba estenogramas geométricos, sobrecargados de signos angulosos y a-dinámicos, que forzosamente entorpecen el rasgueo, el Estenital, con signos de base cursiva, lleva la mano con naturalidad. Esto entusiasmó a Felisberto; sin duda ese aspecto resolvía dificultades que violentaban su necesidad de un medio fluente para fijar sus ideaciones: la rigidez geometrista del Aimé Paris y las deficiencias cinéticas de la letra script, que aconsejado por una novelería del momento Hernández había adoptado.
Hay un paralelo e inverso proceso en las dos formas de escritura (común o taquigráfica) de Felisberto. Su letra natural hasta que va a Europa es cursiva; en París, adopta la forma script, que empleó hasta sus últimos días. El sistema de taquigrafía que primero adquiere (el Aimé Paris) es rígido, geométrico; el segundo, cursivo, fluente. La adopción de éste, pues, satisfacía una condición del escritor, incómodo tanto en el torcedor geometrista, como en el picadillo de la letra script. Pero, entonces, ¿por qué adoptó ésta?
Según José Pedro Díaz, se nota en los escritos de Hernández un “cambio (…) de su escritura, que por consejo de J. Supervielle le hace abandonar hacia la fecha indicada (de) 1944, su letra cursiva para adoptar la escritura script”. Este cambio no tenía sentido: si el rasgueo de la letra cursiva no colmaba las necesidades escriturarias de Felisberto, mucho menos lo lograría con la script, con su a-dinamia de rasgos verticales o angulosos y su fraccionamiento (aislamiento de los signos-letras); para convencerse de ello basta con computar no tanto la intrínseca cantidad signal, sino las veces que hay levantar del papel el instrumento escribiente para representar un complejo léxico (palabra). Ahora más que nunca sentiría Hernández el defasaje entre el tiempo de concepción y el de escritura, entre la celeridad de ideación y la lentitud de fijación (escritura); el Estenital, con su fonetismo directo y su dinámica cursiva fue para su labor creativa una verdadera salvación.
Ofrece, además, este sistema un aspecto que se avenía con una modalidad espiritual de Hernández. Ha sido señalado por sus biógrafos que elaboraba su estilo desmenuzando la palabra en sus valores morfológicos, pragmáticos semánticos y/o filosóficos, ajustándola en su sustancialidad sémica. Pues bien: la Abreviación Lingüística del Estenital llenaba esa disposición anímica y estética.
Ese laboreo cerebralista de formas y semas había inducido a Felisberto a desarticular el Aimé Paris, al punto de que hoy, a falta de textos normativos de la estenología (técnica y gráfica) que aplicaba, esos estenoscritos son poco menos que ilegibles. Y aunque semejantemente procedió con el Estenital –quiero decir: tampoco recogió Hernández metódicamente y por escrito los principios y reglas según los cuales ajustó el sistema a sus necesidades-, como alguna noticia tuve del proceso, porque más o menos lo discutíamos a medida que iba ensayando los recursos, tanto como porque se conservan muchos más estenoscritos con este sistema –principalmente un diccionario, en cuyos márgenes iba Felisberto consignando los estenogramas– es factible hoy inferir los preceptos aplicados –esto es: la teoría particular que Felisberto iba imaginando. Para reconstruir, léxicamente los estenogramas esquemáticos, Hernández se fiaba de la memoria, o confiaba que en el momento oportuno la misma idea o proceso que lo hubiese llevado a adoptar un procedimiento abreviativo dado reaparecería en su mente…
Felisberto estableció contacto platónicamente con la Taquigrafía; quiero decir, que su interés por ella está exento de todo lucro; no hizo aplicación profesional del conocimiento: sólo le interesaba su energeia cultural. Tampoco le importaba su transmisión, la posibilidad de que se difundiera como tal herramienta cultural. Y en este punto discrepábamos irreductiblemente, pues por mi parte estaba en plena campaña de divulgación del Estenital por su calidad de escritura demótica –que, déjeseme decirlo por enésima vez, nada impide que tenga aplicación profesional, como lo demuestran entre nosotros algunas de sus practicantes, integrantes de altos órganos de nuestra vida democrática.
Aquellas cualidades que se había reconocido a Hernández en el cultivo y manipuleo de la materia lingüístico-literaria –constancia, regularidad; o bien su tenacidad en los adiestramientos musical-instrumentales– las aplicó con igual denuedo en su aprendizaje y empleo de la Taquigrafía. Los papeles, libretas y cuadernos que se han conservado son por demás fehacientes, aunque aun a los conocedores de la técnica taquigráfica no nos sea fácil descifrar los estenoscritos; pero con el andar del tiempo, cuando Felisberto Hernández venga a ser un primitivo de la narrativa uruguaya de nuestra época, no faltará un Champollion que aflore la pura linfa de su intelecto depositada en el terreno taquigráfico.
Hay una página de Felisberto, “La casa nueva”, que documenta, hasta en entresijos introspectivos, cómo lo taquigráfico integraba su persona. Copio: “Desde hace un rato estoy haciendo signos taquigráficos, frente a un amigo que está del otro lado de la mesa del café. Le he pedido disculpas, diciéndole que debo tomar unos apuntes. (…) Lo que yo quiero, verdaderamente, es descansar los ojos –escribiendo, me canso menos– (…)”. De estas líneas destaco: Felisberto no está haciendo taquigrafía, sino signos, lo que puede indicar que hace ejercicios de repetición –de acuerdo a una didáctica obsoleta, si se quiere, pero que aún es indicada por algunos enseñantes, y propuesta en libros de texto que gozan de fama internacional–, con mayores o menores variantes; de este acto hernandiano hay sobrados manuscritos. Otro detalle notable es que hace ese ejercicio para abstraerse de la (¿indeseable?) compañía de un amigo, pero también para descansar los ojos, ya que, aunque parezca paradójico, escribiendo se cansa menos. Más adelante agrega aún: “Prefiero meter los ojos y la cara en este papel y despistar a mi amigo con esta fuga de signos”, expresión que puede presumirse que alude a uno de los recursos más utilizados por él: el truncamiento o apócope (omisión, “fuga de signos”) de los estenogramas.
Finalmente, otra referencia a la Taquigrafía es: “Tampoco podría desarrollar cualquier velocidad con la Taquigrafía, ni se me ocurre quién la pueda necesitar en esta ciudad lenta”. Este dato –ciudad lenta– daría históricamente alguna indicación del momento y lugar en que Hernández escribió esa página. Y cuanto a que “tampoco podría desarrollar cualquier velocidad con la Taquigrafía”, reitero lo dicho más arriba, cuanto a que su dedicación a los estudios taquigráficos no se proponía el logro primario del aprendizaje de la Taquigrafía –hacer de ello una profesión–, sino disponer de una escritura que le permitiese con poco esfuerzo y con mayores posibilidades registrar la emoción, concepción o fluencia de las palabras, del pensamiento; dicho de otro modo: concretar el instante de la inspiración.

                                                                                                                                                                                                           Avenir Rosell                                                                                                                                                                                                                      Taquígrafo

Fuente: Revista Biblioteca Nacional Nº 22 –  abril de 1983 pp. 41-46

Avenir Rosell i Figueras nació en Sabadell, Barcelona, en 1907, y de niño se trasladó con su familia a Montevideo. Aprendió taquigrafía en 1925 con Antonio Carissimi Calvi; en 1931 fue designado profesor de Taquigrafía en el Instituto Normal y en 1950 de la Escuela de Comercio dependiente de la Universidad del Trabajo.
Escribió varios tratados sobre Taquigrafía, entre los que se destacan: “Taquigrafía Castellana”, donde expone el método que se practica en la Cámara de Representantes del Uruguay, “Compendio de Taquigrafía”, “Prácticas de Taquigrafía”, “¿Qué es la Taquigrafía?”, “Reseña histórica de la Taquigrafía en el Uruguay” y “De lo taquigráfico a lo lingüístico”. Colaboró en numerosas revistas especializadas de América y Europa.

Rosell murió en Montevideo en 1988.