Felisberto - Escritor y músico Uruguayo (Montevideo 1902 – 1964) - Sitio Oficial

La Obra

“Yo diré una vez: mis cuentos fueron hechos para ser leídos por mi, como quien le cuenta a alguien algo raro que recién descubre, con lenguaje sencillo de improvisación y hasta con mi natural lenguaje de repeticiones e imperfecciones que me son propias. Y mi problema ha sido: tratar de quitarle lo urgentemente feo, sin quitarle lo que le es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi forma más rica de expresión.”

En: Felisberto Hernández (Diario de un sinvergüenza. Montevideo, Arca. 1974, p. 163)

Explicación falsa de mis cuentos

Publicación dirigida por Susana Soca, donde aparece por primera vez Explicación Falsa.

Publicación dirigida por Susana Soca, donde aparece por primera vez Explicación Falsa.

 Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podrá tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.

   Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

Felisberto Hernández, 1955

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Prólogo a Nessuno Accedeva Le Lampade por Italo Calvino

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Nessuno Accendeva – Le Lampare

   Las aventuras de un pianista sin un cobre, en quien el sentido de lo cómico transfigura la amargura de una vida amasada con derrotas, son el primer motivo del que cobran impulso los relatos del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). Alcanza con que él se ponga a narrar las pequeñas miserias de una existencia transcurrida entre las pequeñas orquestas de los cafés de Montevideo y las giras de conciertos en pueblos de provincia del Río de la Plata, para que sobre la página se agolpen gags, alucinaciones metáforas, en las que los objetos cobran vida como personas. Pero este es sólo su punto de partida. Lo que desencadena la fantasía de Felisberto Hernández son las invitaciones inesperadas que abren al tímido pianista las puertas de casas misteriosas, de quintas solitarias donde moran personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis. Una casona apartada, el infaltable piano, un señor dulcemente maniático y perverso, una joven ensoñadora o sonámbula, una matrona que celebra obsesivamente sus infortunios amorosos: se diría que los ingredientes del relato romántico a lo Hoffmann estuvieran aquí reunidos. Y no falta tampoco la muñeca que parece en todo y por todo una jovencita: es más, en el cuento Las Hortensias es una entera producción de muñecas rivales de las mujeres verdaderas (parientes de la “esposa de Gogol” según Landolfi) que un fabricante seductor construye para alimentar las fantasías de un estrambótico coleccionista, y que desencadenan celos conyugales y turbios dramas. Pero cualquier referencia posible a una imaginación nórdica es inmediatamente disuelta por la atmósfera de estas tardes en las que se toma lentamente el mate sentados en el patio o se está en un café viendo un avestruz ñandú pasar entre las mesas. Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a ninguno: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latino-americanos, es un “irregular” que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero se presenta como inconfundible con sólo abrir la página. Sus relatos más típicos son aquellos que gravitan sobre una puesta en escena complicada, un ritual espectacular que se desenvuelve en el secreto de un ambiente señorial: un patio inundado sobre el cual flotan velas encendidas; un teatrito de muñecas grandes como mujeres dispuestas en poses enigmáticas; una galería oscura en la cual se deben reconocer al tacto los objetos que provocan asociaciones de imágenes y de pensamientos. Si el juego consiste en adivinar la trama representada por la escena de las muñecas, o en reconocer que es lo que está posado sobre la mesa de la galería oscura, lo que cuenta para la emoción de los participantes no son tanto estas adivinanzas inocentes como los incidentes casuales, los ruidos que se superponen, las premoniciones que asoman a la conciencia.

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Prólogo La Casa Inundada y otros cuentos, por Julio Cortazár

La casa inundada y otros cuentos.

La casa inundada y otros cuentos.

Solitario en su tierra uruguaya, Felisberto no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano. No es casual que la abrumadora mayoría de sus relatos haya sido escrita en primera persona (pero Las hortensias, gran excepción, parecería volcarlo igualmente en el personaje central del cuento en lo que toca a las pulsiones más hondas, acaso las más inconfesables dentro del contexto de su ambiente y de su tiempo). Basta iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde el primer párrafo. Pero apenas lo reconocemos una vez más -buenos días, Felisberto, ¿cómo te irá ahora, tendrás un poco más de dinero, las piezas de tus hoteles serán menos horribles, te aplaudirán esta vez en los teatros o los cafés, te amará esa mujer que estás mirando?-, en ese reconocimiento que solo ha tomado unos pocos párrafos se instala ya lo otro, el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento, la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama vivir.
Ese deslizamiento a la vez natural y subrepticio que de entrada hace pasar un relato gris y casi costumbrista a otros estratos donde está esperando la otredad vertiginosa, sólo puede ser sentido y seguido por lectores dispuestos a renunciar a lo lineal, a la mera rareza de una narración donde suceden cosas insólitas. Si algo tienen los cuentos de Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión y no hace el menor esfuerzo por explicarla, por tender puentes de palabras que ayuden a compartirla. (.)
Lo que amamos en Felisberto es la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad. Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa?

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