Felisberto - Escritor y músico Uruguayo (Montevideo 1902 – 1964) - Sitio Oficial

Pensamiento

En esta sección presentaremos textos de especialistas, allegados o del propio autor que traten la materia tan huidiza de sus posiciones filosóficas, políticas y ante la vida.

Siempre ha resuelto polémica su dicotomía entre “obra” y “acción”, tan polémica que ha dado lugar a juicios descalificantes, muchas veces más encorsetados que los que suponían condenar.

Y mucho más banales e inconsecuentes. Felisberto fue un hombre contradictorio y complejo tanto como, parafraseando a Borges, todos los hombres de todos los tiempos.

 

Arte y contradicciones privadas.

La escritora Paulina Medeiros, amiga y compañera de Felisberto. 1943

La escritora Paulina Medeiros, amiga y compañera de Felisberto. 1943

— El arte no es neutro. De una u otra manera se contamina. Como bien afirmara el escritor chileno Fernando Quilodrán, se privilegia al intelectual considerándolo “un ser fuera del proceso”. Y este proceso vale y se da, pero no de acuerdo con teorías sobre arte y declaraciones que el creador formule. Se da en la obra. En Felisberto, la angustia de su larga vía crucis como incomprendido, derrotó su teoría arte purista —que le discutimos hasta el paroxismo— así como su pobreza y singulares andanzas por el interior le hicieron partícipe involuntario y picaresco de seres anónimos. Él no se percató jamás, ni siquiera cuando realiza autobiografía, de su oposición entre doctrina y obra. Pese a su desenfadada teoría de libertad para el arte, sus continuos fracasos de vida pujaron desde su intimidad, alumbrando con pesadillas y fantasmas el papel que ingenuamente consideró inmaculado.
Apresuradamente se ha calificado a Hernández políticamente, por hechos aislados: escasas audiciones radiales de los últimos años. Es absurdo adjudicar términos definitorios a un ser para quien no tuvo vigencia la realidad política. Vivió ausente de ésta y de otros deberes cotidianos a lo largo de los continuos años que le tratamos, no sufriéndolos sino con un primario sentido de inmediatez.
El desabastecimiento y las huelgas en Francia no le enseñaron a meditar en las causas. Sin duda tropezó en la propia embajada uruguaya en París, con intelectuales españoles en exilio como el poeta Alberti y María Teresa León, amigos de Supervielle, que le acompañaron en Buenos Aires al estrenarse El ladrón de niños. Por ese tiempo, Picasso ya había adquirido fama en los salones franceses con su célebre Guernica; después pintaría en la UNESCO. Nada de esto afectó a Felisberto. No sólo se aislaba de muchas realidades sino que carecía de elementales conceptos científicos acerca de temas de índole económica o política.
Sus concepciones filosóficas eran parciales, fragmentarias, el tiempo que le conocimos. Se acomodaban a su fanático “arte purismo”. En nombre de esa ya poco admisible teoría de arte incontaminado, subordinó a su individualismo donde se arrellanó cómodamente, conceptos de orden moral que le estorbaran menospreciando el ordenamiento familiar y definiciones políticas que ingenuamente consideraba reñidas con su arte.
En la época que le conocí, experimentaba temores a violentos cambios en las personas, extensibles también a sistemas sociales, sin enjuiciar el medio que le cercó por hambre y postergó su talento tantas veces. Aunque aparentaba independencia de juicio, sufrió por esto y también por la crítica ajena acerca de su conducta, por más que rechazara ásperamente todo planteamiento al respecto.
Fue víctima de un profundo sentimiento de culpa; sus cambios de vida, el reencuentro con sus hijas, sus permanentes oscilaciones y caprichosos cambios de carácter jamás le arrastraron, por lo menos durante los años que le traté de cerca, a ningún tipo de fanatismo político, extraño a su arte, a su devoción por Vaz Ferreira y principios idealistas tras los cuales se parapetó para rehuir la realidad y para disfrutar acomodaticiamente de su libertad, enajenándole la ajena.
Un hecho muestra las fallas de su pensamiento: por el año 1951, desposada ya María Luisa. Departiendo ambos conmigo, en mesa de café y en presencia del poeta Luis Alberto Caputi, Felisberto se levantó de su silla, demudado por la ira, al haberse desviado la conversación involuntariamente hacia la “ingerencia extranjera” en la guerra de España. Él no lo entendía así. Sin embargo, condenaba inconsecuentemente las torturas infligidas a prisioneros españoles en campos de concentración, existentes en la Francia colaboracionista, como si ellos no resultaran consecuencia política de la Intervención primero y de la No Intervención después.
Es decir que trece años antes de su muerte no era un “alineado político” sino el mismo atrabiliario individualista que conocimos, contradictorio siempre.
Más tarde, su última mujer, Reina Reyes, me confirmó que hallándose casada con Hernández y pese a su opinión contraria, éste se empecinó en su participación junto a otros intelectuales uruguayos, que nadie señala hoy, en cierta propaganda radial muy peligrosa. En ella partía Hernández, como siempre, de su artificioso concepto de “libertad incondi-cionalmente suprema”, para extraer atrevidos y peligrosos conceptos de orden político.
Para colmo, las “fementidas” audiciones fueron bien retribuidas. Más que ardor proselitista, debió mover a Felisberto la avidez, el afán de obtener moneda fuerte, considerando de paso su proceder, como correcto.
Quería independizarse económicamente. En la etapa de Francia, comienza a mostrarse desesperadamente interesado no sólo por la popularidad, sino por la obtención de ganancias con sus publicaciones.
Su desvalimiento para la vida práctica y la superprotección económica que Reina Reyes le dispensara, y que pronto le hartó, pudieron haberle extraviado en este desdichado episodio de su vida ya que debía desenvolver materia política que nunca profundizó por sí mismo.
El cronista a quien me referí antes, llega a considerar a Felisberto por esta conducta, un fanático delator de la militancia de izquierda. Sin haber escuchado las referidas audiciones, sabemos que Felisberto jamás habría sido capaz de ser un traidor a la especie humana. Era demasiado leal, hasta ingenuamente leal.
Ahora, a diecisiete años de las comentadas audiciones y a diez años de la fecha de su muerte, aun considerando desquiciada la actitud de Hernández desarrollando en audiciones pagas, temas que no ahondó jamás y que tuvieron existencia efímera a merced de su inhabilidad política, ¿qué resta del estrépito que produjo el desgraciado episodio?
¿Qué consistencia puede tener comparándolo con la brutal significación de la obra literaria capital?… Es en ella donde el escritor se realiza verdaderamente y donde no cam­pean mandatos proselitistas.